18.2.09

Arpegios. Una subida repentina de dedos sobre unas cuerdas de nylon. Una sutil caricia del nylon hacia la piel y retumba el espíritu de las ondas por los aires. ¿Quién diría que hace ya bastantes años la nota Do iba a ser sinónimo de tristeza eterna en el alma que guardé en el placard? El alma, vestida de plásticos, harapos y viejos sacos para usar en algún corso de moda. El alma con olor a naftalina y alguna polilla colada en las entrañas y las tripas de su porvenir. Polillas sin alas, que se retuercen sobre el suelo por la pésima gravedad del planeta, tierra. Tierra por el aire como en una escena oxidada de ciencia ficción, la moda del olor a naftalina. La persecución por la nafta y los caminos que ya no existen. En el centro hay un hombre con sombrero, sin cara, que se pregunta para que lado tiene qué correr cuando no hay caminos y su gran desierto de tierra está situado dentro de un placard gigante. Con el alma de sombrero, con la metáfora de algún otro galán en los pies como zapatos. No saber a donde correr. Recostarse en el techo del placard y soñar con ser un colocador de alfombras hediendo a pegamento barato. Colocando alfombras en el techo con los pies sobre la pintura que no secó. El pecho en alguna heladera por descongelar. Las cerraduras con la llave a media rosca que no te deja entrar ni meter alguna solución. La jarra totalmente llena y ésta gota de alma que no sabe a donde morir. Una gota de alma, una gota de agua. Una gota que entre tanta tierra volando, entre tanta escena oxidada, parece ser de un pasado lejano pero es de un mañana que está por llegar. De un final que no se escribió todavía y que es muy similar al olor a bolita blanca. El olor a naftalina que persigue y la polilla retorcida va rezando un Padrenuestro al piso, lamiéndo el cielo con su mugre.

Ah.

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