14.5.08

Como a un toro en la arena. Que se esconde entre médanos para no saludar a la vecina. Pero la característica que más lo distingue como toro, es la sangre que derrama después del ruedo, torero mediante. La bestia está por caer, con un último respingo y ese vaporcito que sale por sus fosas nasales. La multitud clama "vencido!", el torero se siente invencible y erecto, y a la arena se le manchó el vestidito de sangre.

Hace cinco millones de años que no hablo. La escena del toro, tan representativa, reaparece cuando invento, otra vez, una realidad hecha con escarbadientes. Que se tuerce y se retuerce, se cae con un vientito de morondanga. Cuando intento invertir la historia del toro, hacerlo ganar la batalla y no morir desangrado después de haber intentado derribar la pared roja que solo era una tela, algo pasa. Es como girar el pie derecho en el sentido de las agujas del reloj y a la vez querer dibujar un seis en el aire con la mano derecha. No se puede. El pie cambia inmediatamente de dirección y entonces no tiene sentido.

Estos tiempos son de mirar por las ventanillas. Siempre en silencio, claro. Son tiempos de sucederse interminable, toqueteando el balance de colores hasta que aparezca una imagen increíble de otoños para el deleite, plagados de rojos y marrones, amarillos y celestes, verdes y anaranjados. Entonces respirar y que se note que hay sal, olor a que no cuesta nada estar ahí, con vientito de mayo y arena de todo el año. Pero en silencio, por favor, no rompamos esto que es tan frágil.

Así pasa todo, todo el tiempo. Acostumbrados a mirar, sin saber qué decir. Desde afuera me tocan la puerta y yo, que soy toro moribundo, finjo muerte para que no me molesten. Que me lloren pero que no me molesten. Que no pregunten porqué no le di con los cuernos al de la tela roja, porqué me dejé pisotear, porqué no salí corriendo y me presté a ese juego. Ahí, en todas esas preguntas que no respondo porque no atiendo al llamado, se esconde la esencia, lo que veníamos pensando. Pensando que estamos necesitando cambiar de época. De hábitos. De siglo. De país. De mente. De planeta.

La ventana, todo cerraste. Todo. El cadáver del toro se pudre adentro, no queda arena y no entra aire. Los curiosos se cansaron de golpear la puerta y siguieron caminando, preguntándose y preguntándose. Hoy cumplimos, exactamente, cinco millones de años acá adentro. Y lo celebramos en silencio, con la cabeza alta y las lágrimas bajas, con el sueño en los párpados y los cuchillos en el costado.



En la sombra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Luisalberto, paso por aca a felicitar su trabajo. llegue por recomendaciones y lei muchas cosas dignas de recordar!
espero que siga con este ejercicio de la creatividad. le sale de puta madre.
un saludo, sigo leyendo!