11.1.08

Le dije a Hugo que no aguanto más.
- Estoy muerta de calor, Hugo.
- Porque es verano y la capa de ozono está andando mal.

Y me mira así tan normal. Hugo suda mucho pero no le importa. A mí me molesta. Eso y todo... el olor, el tacto que no quiero tener y esa cara de ausente ensimismado, esa cara de fuera de foco. Y cómo agarra de la heladera las bebidas, las destapa con un pssssh ruidoso que salpica, y las bebe hasta el fondo, hasta vaciarlas y poder apretar la lata con una sola mano.

- Ayer de noche pasó Graciela por acá y no pude atenderla porque está todo lleno de latas vacías. No pude alcanzar la puerta. Creo que Graciela estaba preocupada.
- Seguramente. Esta marca nueva no me gusta tanto como la anterior. Tiene mucho gas.- Eructa fuerte y prolongadamente.- Graciela necesita tener cosas que hacer.
- ¿Como vos? ¿Así, tener estas... cosas que hacer?
- Quizás.
- Cuando hablás así... a veces creo que la longitud de las palabras es lo que llena todo en las respuestas. Cuando no sabés más que monosílabos o solo dos sílabas, parece que no quisieras decir más, que solo pudieras quedarte tomando y tomando hasta llenar todos los espacios. Los envases están por llegar a la cabecera de la cama... ¿qué va a pasar?
- Vamos a ahogarnos en metal y plástico y nuestros cuerpos nunca serán encontrados.

Entonces sé que es una de esas frases ácidas que gusta pronunciar cuando se fastidia y quiere que lo dejen en paz. Nunca una sonrisa , para marcar la broma. Si creo que habla en serio, si piensa llegar al techo con los envases y nunca salir, miro por la ventana a ver quien o qué pasa, pensando que ahora sí se puede y mañana no sé.
La seriedad de Hugo tiene leves desajustes cuando la heladera se llena nuevamente de latas y envases de plástico, y cuando cinco veces al día orina en el balde gris, se para de la mecedora abriendo un surco de envases y tira el líquido por la ventana, satisfecho.
La cama está casi totalmente cubierta de envases.

- La cama. De verdad, Hugo, ya no podemos dormir así. Cuando me doy vuelta siempre hago ruido a plástico y lata hueca, cuando quiero tocarte siempre toco un envase... y ahí tengo ganas de no estar acá, de que no tomes más y me mires cada mañana, cada noche.
- Siempre hay un tope. Ahí está el techo para frenarlo todo.
- ¿Con nosotros acá adentro? - Pregunto asustada.
- No podemos salir.

No podemos salir. A veces pienso que antes todo era distinto. Antes de que compráramos la heladera, antes de que aparecieran esas bebidas de colores. Hugo solía estirar un brazo y tocarme de noche, hasta que me dormía. Por la mañana, su mano quieta ahí. En el pecho o un hombro. De mañana su cara, mirando por la ventana, curvado sobre la hornalla del horno con la caldera en una mano.
Parece que nos quedamos atrapados ya mil noches y sin contar más, en un eterno consumo de aire y líquido, existiendo entre el ruido de la heladera y un llanto a medio pronunciar, una queja, un deseo de salir de acá. Resulta un abismo cuando el tiempo no vuelve y yo sé que hay una telaraña debajo de la cama y que ya es infinita, que no chifla más la caldera todas las mañanas, que los vasos están dados vuelta sobre el mismo repasador que compró mi suegra cuando tenía suegra y que cuando pase el tiempo estaremos flotando en un mar de latas y envases plásticos, tocándonos por debajo la puntita de los pies.
Ahora por las noches suenan los envases y su ronquido levemente elevado, su panza que sube y baja, hinchada, y el ruidito del motor de la heladera, funcionando imparable.

- ¿Se habrá divorciado Graciela?





holaMeilán - oneweekago







Cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza.

Edgar Alan Poe.

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