21.1.08

... entonces la calle se empezó a llenar de gente, negros negrísimos sonriendo tan blanco, blancos en el medio en una minoría asombrosa, niños corriendo, golpeando los tambores que en círculo aguardan en la esquina. Entonces se encendió un fuego, la gente siguió llegando, aparecieron parrillas y chorizos en las vereda, así nomás, las charlas subieron su volumen, se asomaron cabecitas en los balcones y alguien dijo vamo'. Y vamo'.
Con pasitos cortos desfiló el que tocaba y el que no, con un bumbumbum en la parte alta del esternón, con caras de concentración sudando, con mujeres feas (tan lindas!) moviéndose, bailando delante de esta pequeña multitud, sin dejar pasar a más de un auto, parando dos por tres a ver qué piensa la ciudad un par de segundos en silencio.
Moviéndose, avanzando hasta llegar casi al mar.
Llegando al Medio Mundo que les dio vida, deja de sonar atronadora la comparsa, se calla la historia que cuentan sus antepasados que de palmas blancas y rostros negros llamaban cada 6 de enero a las calles, invitación de esclavos a bailar y burlarse de la clase alta, esos salvajes de rostro enpolvado y sangre transparente. Llamadas a la calle, a salir, a disfrazarse, a bailar, a burlarse, a festejar. Llamadas.
Sale una luna de postal al fondo del callejón, la gente empieza a dispersarse y en el aire vuela aún ese olor que no está todo el año. Y uno entiende porqué algunas tradiciones no mueren nunca, aún doscientos años después.



borocotóchaschas - diezochenta

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