1.3.08

En un espacio con ajuste de línea están sucediéndose estas cosas. Con ajuste de línea, dije. Mentira, porque aunque el texto no pueda irse del todo hacia los costados, sabemos (estarás, supongo) que es infinito. Infinito como las palabras en el embudo de mi mente. Un embudo proyector, como de diapositivas.
Imagino que mi frente es finita, es el agujero pequeño del embudo. Para atrás crece, agranda el diámetro y cuando llega al máximo es ahí donde se forma todo.
A veces las palabras son horribles, tengo que decirlo. Palabras que hacen doler la cabeza. Palabras de nube y niebla, de humo y cansancio. Otras veces, las veces que más me gustan, las palabras son más suaves, las de caricia y más de viento. Pero la verdad es que creo que no podemos elegirlas, no podemos saber en qué parte del círculo de la ciclotimia caer este día lluvioso de hoy.
Hay gigantes en el cielo mostrándonos el culo.
- ¡Santo dios!- Dice una vieja que debe vivir en frente, agarrándose con una mano el pecho, con la otra un gran monedero marrón lleno de flores feas, mientras mira para arriba.
- ¡Qué descaro!- contesta otro ser similar, que ahora se halla siendo aliada fiel de la señora del monedero floreado.
- Qué tiempos. Ya no se puede mirar al cielo sin ver un espectáculo de estos.
Las dos señoras se pegan a hablar y señalar con dedos regordetes los culos como nubes apuntando desde el cielo, gigantes depravados que están a punto de hacerles llover un líquido marrón que mancha.
Yo estaba ahí en la esquina pensando lo de mi embudo, ocurriendoseme palabras de toda índole, cuando los gigantes desde el cielo nos dispararon su líquido asqueroso. Las señoras, acordándose de cada santo que saben recitar, se tapaban la cabeza con sus monederos (¡pobres flores!), corrían del brazo y maldecían estos tiempos, este ajuste de línea levemente (terriblemente) desalineado.
Y estábamos, ellas desesperadas corriendo a casa, yo que ahora había dejado de pensar.
- ¡Nos están cagando desde arriba!- Me dijo alguien que pasaba tapándose la cabeza con el diario, en bici.
- A que no es la primera vez que decís eso.
Se quedó un segundo pensando, se rió fuerte y se fue rápido en la bici, debajo de esta repentina lluvia de caca de gigante.

En la calle, por lo pronto, quedaban charcos marrones, se me mancharon los pies hasta el tobillo y a lo lejos una de las viejas casi tropieza.

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