10.2.09

Una lágrima de tambor. Una pirueta grotesca en el aire. Los brillos de tus ojos. El napalm que hincha heridas. Las cicatrices del abono. El demente de las cosechas. El pepino que nunca creció. El tamborilero loco. La estresante tarea de asistir. La lista de presentes. El olor a tabaco ajeno. La pipa y el olor a madera que no quema. El viento de tu instrumento. El silbido apasionado. La enumeración que no termina. El niño que molesta y molesta. La risa descabellada. El absurdo de seguir esperando al lado del árbol. Las frases célebres del viaje. Los bolsos llenos de ropas. Las ropas que te dicen como soy. La tierra de mis pies. Los hongos. El baile tradicional. Los pañuelos al viento. Los cueros por el canal de TV. La transmisión en vivo del fin del mundo. Hasta el fin del mundo.

Para que mi fe no acabara.

23.1.09

- Buenas.

- Buenas noches.

- ¿Y cómo va? ¿Cuántas hoy?

- Y... no muchas. Tal vez ocho, siendo optimista.

- ¿Pidió deseo?

- Alguno. ¿Usted? ¿Viene a probar suerte?

- Sep... a ver qué sale. Dicen en la ciudad que no se acierta mucho. Aunque había uno que, no sé, andaba contento porque consiguió otro trabajo.

- Tuvo suerte.

- Tuvo. Y usted... ¿nunca le llegó la hora feliz?

- Nunca. Y eso que trato y trato... no cierro los ojos nunca.

- ¿Hace mucho que viene?

- Perdí la cuenta.

- Pero... ¿tanto? ¿En qué momento se levantó a hacer otra cosa?

- Que recuerde... ninguno. Siempre acá mirando y deseando, cada vez que pasó alguna. Vi cometas enteros. Las constelaciones más famosas estallaron, se extinguieron ante mis ojos. A todas les pedí algo, pero nunca me pasó nada. Pero yo no me levanto, nunca me levanto. Día y noche (no duermen de día, todos lo saben, están ahí aunque no las vea) aquí acostado. Esperando.

- Y nunca... ¿nunca pensó que acostado no suele ser como el hombre vuelve de material sus castillos en el aire?





El observador de estrellas.

15.1.09

Por la mesa se desparrama, todo queda teñido de violeta. El líquido corre, se desplaza, se cae y me mancha las manos, las piernas, los brazos. No digo nada, porque ya estoy empezando a entender. Toda la vida hasta ahora, dos décadas rumiando las mismas preguntas (eran las mismas, aunque lucen tan distintas), las mismas sensaciones. Y ahora, como quien decide simplemente dejarlas caer sobre uno, comienza a nacer el Sol que alumbra ciertas oscuridades.
Nada empezó así, acá. Nada termina allá, en esos años donde nos volvamos apagados y fríos. Todo es, tal como lo explican las voces antiguas desde nuestras profundidades, un continuo circular y avanzar, perderse, encontrarse y saldar deudas que nos saquen brillo. Como una manzana.
Tenemos que decidir ahora mismo. Luz o sombras.

Luz o sombras.


Luz.


Energía electromagnética radiante capaz de ser percibida por el ojo humano.

24.12.08

¿Alguna vez te pasó que en la cabeza se proyecta la película que filmarías si tuvieras lo necesario? Tal vez después descubriste que no es una película, sino la vida o (al menos dame esta chance)un momento, una sucesión de situaciones no tan larga pero suficientemente extensa como para saciarte. Apuesto que también te reirías. Que terminarías con las sábanas envolviéndote y una gran risa, risa de trasgresión y conciencia, de alegría y de saber que el mundo no quiere que estés así. Pero estás, y eso es lo más glorioso.
Nada peor que encender el fósforo bajo la lluvia. Así tampoco es, y así también se muere Iribarne. Él que pintando escribió su futuro, la ve y muere por saber qué piensa cuando mira. Qué parte de su cuerpo lo siente presente. Cuántos pasos da hasta llegar a la oficina. Si huele las naranjas o simplemente no les presta atención.
Te estoy viendo sin que estés, estoy espiando tu casa, esperando que llegues. Vos me abriste la puerta, me diste la llave, me agarraste una mano y sin que la sienta me abriste los ojos. Te estoy vigilando con el corazón salido, marcando su contorno en mi ropa, dibujándome ventrículos de ansiedad. Espero que llegues e imagino. Eso nunca para. Siempre imagino, imagino y proyecto películas, que son las escenas que filmaría, que viviría, si pudiera. No sé porqué demorás tanto. No sé porqué no podrías simplemente acordar conmigo una hora y entonces vernos, tocarnos la cara, saber que existimos más allá de un cablecito anunciando modo on.
Mi fósforo y el agua, esa incompatibilidad insoportable. En un rincón de mi cabeza el olor exquisito y lo horrendo del palito negro y mojado se mezclan, adquieren una textura espesa y chorrean desde mis conductos lacrimales hacia el universo. Me hacen acordar que durante mucho tiempo, seguramente más de trescientos sesenta y cinco días, amé a alguien sin decirle una palabra. Más tarde, formando parte de una de esas iluminaciones que le ocurren a uno cuando su interior nos obliga a ser sinceros, reconocí que no fue solo una vez. Reconocí que siempre fui las rejas que no me dejaron decir palabra. Nunca di una sola batalla. Todas las veces, como un guerrero que se corta el cuello antes de arriesgarse a sufrir un poco, me declaré en pérdida y bajé la bandera. Ahora muchos lo saben, esta es mi forma de decírselo a todos. En el fondo quiero que sospechen de mi, que se den cuenta que hace rato estoy bajo la lluvia, con solo fósforo apagado y el bolsillo lleno de esperanza, de tibia esperanza que me canta bajito, para no asustarme, que no me desespere. Alguien traerá otro fósforo y vamos a prenderlo, antes de que la últimas toma termine, antes de que digan corte y no quede más tiempo.


Lifeforrent.

23.12.08

Si no puedo evitarlo. Aunque mi casco de minero tenga una luz que funcione bien.
En medio de la penumbra baja el nivel de oxígeno. Los alveólos no reciben bien la información y por inercia se encuentran todavía oliendo tu perfume a verano y sol. Los alveólos tampoco sirven. Obsoletas partes del cuerpo.
Los colores se ahuyentan con éstas malas energías. Y esa carpeta que no se puede guardar en ningún cajón no la puedo dejar de ver. Esos recuerdos que no tenía guardados, por poco memorioso y porque las neuronas en algún punto también son obsoletas, están ahí. Eso que aprendiste, me carcomió el alma. Me la escondió y me dio esa sensación de que uno cae entero al piso cuando en realidad está depositando todo su cuerpo contra el colchón, desde los talones hasta la nuca. Esa sensación de un pozo de aire en el vuelo.
Todavía tengo todas las partes de mi cuerpo, pero me falta algo por el medio. Un poco de luz que no está en ningún casco, ni en ninguna cocina. Se escucha de fondo la voz de Eladia cantar, y Luis Alberto siempre está a la orden del día para aconsejar. Open 24.

Mesabeasavemeenlaprimaria.
Como si fuera un primer fascículo de poesía encantadora. De voces que resuenan en las mentes de los peatones en las urbes. Bandas sonoras en las mentes que no necesitan de ningún enchufe a sus orejas para disimular los chirridos del freno de los omnibus y de los subterráneos de más de cuatro pisos. -Te confieso que a mí también me gusta el A, como si fuera más que un fascículo, una carta que dice estupideces para descargar- Va cantando alguien por ahí, hace veinte años una melodía tarareada que dice entre letras sin sentido que Chico Buarque tiene puestos los anteojos que dejé sobre un cuaderno con su rostro iluminando el cuarto. Como derritiendose sobre el papel araña, como se derrite el sonido de los bandoneones de tu versión con la voz femenina de una rubia despampanante en el corazón. Algo entrando en la mañana.
Chocan, se hacen trizas en el aire. Lo del tango es una idea que me toca aunque no quiera.
Una chica sube a un taxi. Caballito, Buenos Aires. Muere un tipo en Mataderos, un balazo en un aguante.
Y esto no deja de ser una canción desde el alma.
Sol, que me calmás.
Tango que me hiciste mal. Sin embargo te quiero, quiero sepultar.
La vieron a tu vieja con un pan de hash, vendiendole a los negros en la calle Montparnasse.
Y esto no deja de ser una canción desde el alma.
Ni un fascículo disfrazado de carta, ni una carta sin sentido desde el fondo del dolor. Ni un tango malherido, deja de ser. No deja de ser nada. No deja de ser un todo que lastima y que es una llaga de dolor en cada uno de los dedos que sostienen ésta lapicera. Llagas hasta el fondo del tango. Llagas hasta el fondo de la ciudad. Hasta Pompeya, hasta un puente con olor a podrido. Desde alguna calle perdida de París.

Alma.
Este canto con destino, este canto con destinatario. Esta carta cantada con recipiente, con un goteo constante sobre la tapa de la cabeza de cada uno de nosotros, bailarines. Este ritmo de tambores sonando al compás del corazón, y el llanto de un cantor que expresa la razón que sostiene al corazón. La canción caribeña, las ganas de mover los pies, que sonaban en el fondo de una habitación cuando no estaba helada y solitaria. Entre ventanas que se abren y sábanas que se mueven al ritmo del tambor.
De a poquito uno recuerda que controlaba las luces de la ciudad, como una especie de misterioso conocedor de las ciencias urbanas. Uno llega a la conclusión de que fue una especie de esbozo de superheroe que merodeaba la ciudad entre zapatillas baratas y cordones desatados. Los pies de un semidiós que cargaba un hijo y un proyecto de vida entre sus nalgas.
Hace mucho había sueños y hace menos fueron realidad. Hace mucho menos tenían patas de gallo que dejaban marcas sobre la arena de la dermis. Hace menos que mucho menos los débiles se bajaron del tren, decidieron abandonar la lucha imposible y largarse a mojar los pañales de llanto.

Hace.